A Roma Le Gusta La Palabra “Y”

A Roma Le Gusta La Palabra “Y”

Porque con ella cambia la Escritura y hasta el Evangelio a gusto suyo, añadiendo lo que opina ella que falta. Y como siempre se escuda con su doctrina autoinventada del Magisterio, insiste que aún cuando ella cambia la Escritura, tiene razón. Para aquellos cuyos pensamientos no son esclavos de Roma, esto es el colmo de la presunción y la soberbia, que por un lado profesa ser la única verdadera iglesia y representante de Dios en el mundo, y por el otro lado se toma el lujo de tergiversar la Palabra de Dios, haciendo a Dios decir lo que a ella le gusta en lugar de lo que Él realmente ha dicho. Observemos un caso puntual de entre muchos, que demuestra que es así, además, públicamente.

Recientemente estuve en Sevilla de visita, y observé colgado en la pared exterior de la Catedral de Sevilla, una bandera que anuncia lo siguiente:

A continuación se dan instrucciones acerca de la peregrinación realizada en Sevilla, y al final de la bandera, estas palabras:

Con esta bandera de declaración pública en Sevilla, Roma demuestra cómo sigue pasando olímpicamente de lo que dicen las Sagradas Escrituras, favoreciendo e insistiendo en sus tradiciones.

El mero uso del título: “AÑO SANTO JUBILAR”, indica cómo Roma se cree la continuación (cristianizada) del judaísmo del Antiguo Testamento, porque Dios estableció el año de jubileo para Israel, como señala Levítico 25. Es parte de la ley que guardaba Israel bajo el viejo pacto, y que el catolicismo romano ha resucitado como judaizante que es.

En seguida procede a citar el único texto bíblico que aparece en la bandera, y aunque sólo hay uno, no es capaz ni de citar el versículo completo, ni de dejarlo íntegro. El vicio del “y” salta a la vista, esto es, para aquellos que conocemos la Biblia. Prefijando la frase: “Cristo es la indulgencia, y la…”, como si fuera parte de la Escritura, procede a citar parte de 1 Juan 2:2, “propiciación por nuestros pecados”. Es el error de juntar las tradiciones y enseñanzas extra-bíblicas y anti-bíblicas de los hombres con la Palabra de Dios. Porque no hay en la Biblia lugar que afirme que Cristo sea nuestra indulgencia. Claro, al católico romano corriente y aún al muy religioso, y hasta incluso a los curas y las monjas, esto les puede sonar a Biblia, porque tanta es su ignorancia del Libro de Dios, y tanto han oído a Roma decir estas cosas que les suena totalmente normal. Citamos a David Hunt, de su obra UNA MUJER CABALGA LA BESTIA:

“En realidad, la Iglesia católica se gloría en su pretensión de que es “el ministro de la redención” (el canon 992 dice lo mismo). Roma admite descaradamente que la salvación 3 que ella ofrece debe recibirse en cuotas parciales y que su eficacia se deriva, no sólo de los “méritos de Cristo”, sino de la superabundancia de “buenas obras de todos los santos”, que hicieron más de lo que necesitaban para “lograr su propia salvación…”

“El concepto mismo de las indulgencias viene del paganismo: la idea de que la imposición de dolor, la recitación de fórmulas, o los peregrinajes a santuarios y sacrificios a los dioses son meritorios e influyen a los dioses a favor de uno. La idea de que decir tantos Avemarías o besar un crucifijo y repetir una fórmula pueda reducir el sufrimiento purgatorial que el sacrificio de Cristo en la cruz no pudo reducir ya es suficientemente malo, pero la enseñanza de que una indulgencia puede aplicarse a los muertos hace que esta blasfemia absurda se convierta en una exageración espectacular. La idea de que un “tiempo reducido por buen comportamiento” pueda acreditarse a alguno en el purgatorio que no ha hecho las “obras prescritas” necesarias nuevamente delata el fraude del romanismo. Cualquier cosa es posible por una ofrenda financiera”

“El evangelio de las indulgencias es una de las doctrinas antibíblicas e ilógicas más descaradas de Roma que surgió de la Edad Media, y que todavía está en vigor en la actualidad. El concepto pagano de las indulgencias gradualmente llegó a definirse como parte del catolicismo romano a lo largo de los años y finalmente se volvió el ardid más lucrativo del papado. Teóricamente, sólo una misa sería necesaria para librar a todas las almas del purgatorio; María, cuyo poder es infinito, podría hacerlo en un momento; y los papas, cuyo poder también es ilimitado, podrían vaciar el purgatorio con un golpe de pluma simplemente ideando una indulgencia para hacerlo. Entonces, ¿por qué no lo hacen? ¿Acaso no tienen amor por las almas? La respuesta es obvia. Von Dollinger escribe:

“[Augostino] Trionfo, comisionado por Juan XXII para exponer los derechos del papa, mostró que, como el dispensador de los méritos de Cristo, podía vaciar el purgatorio de un solo golpe, mediante sus indulgencias, de todas las almas allí detenidas, con la única condición de que alguien cumpliera las reglas establecidas para ganar esas indulgencias.

No obstante, le aconsejó al papa que no lo hiciera… [a pesar de que] el poder del papa es tan inmensamente grande, que ningún papa puede jamás saber el alcance total del mismo”.1

“Vaciar el purgatorio pondría fin al influjo de las ofrendas para más misas y las interminables gracias y favores. En cambio, hicieron que los requisitos para salir del purgatorio fuesen más complejos, y que se necesitaran servicios cada vez más grandes de la Iglesia. La doctrina de las indulgencias finalmente fue declarada un dogma oficial de la
Iglesia por el papa Clemente VI en 1343. Clemente razonó que “una gota de la sangre de Cristo habría sido suficiente para la redención de toda la raza humana”. El resto de esa sangre derramada en la cruz, su virtud “aumentada por los méritos de la Bendita Virgen y las obras supererogatorias de los santos” (mucho más allá de las buenas obras necesarias para su propia salvación), constituye el “tesoro” mencionado anteriormente. Por bula papal en 1476, el papa Sixto IV “extendió este privilegio a las almas en el purgatorio [reduciendo su tiempo de sufrimiento allí], con la condición de que los familiares vivos compraran indulgencias para aquellos”.2

De este “tesoro de la Iglesia” el clero católico dispensa la salvación y redención un poquito a la vez mediante los siete sacramentos No hay forma de saber cuánto crédito se otorga por cada hecho, ritual o indulgencia, o cuánto tiempo este proceso debe continuarse. Nunca se da suficiente gracia para asegurarle el cielo al individuo. Siempre deben decirse más rosarios, oficiarse más misas, dar más ofrendas a fin de obtener más 4 gracia de la Iglesia. Pedro, de quien los católicos dicen que fue el primer papa, advirtió de tales “falsos maestros” quienes “introducirán encubiertamente herejías destructoras… y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 Pedro 2:1, 3)”.3

¿No es extraño, que a pesar de que la evidencia es así de condenatoria en contra de las indulgencias, Roma afirme públicamente en bandera: “Cristo es la indulgencia”? Lo puede hacer confiando que sus feligreses, o no saben que va en contra de la Biblia porque la desconocen, o les da igual porque en su estado de lavado de cerebro piensan que está bien que Roma tenga la última palabra, aun por encima de la Biblia. Es grande la abominación de la palabra “y” en manos del Vaticano. ¡Qué libertad, qué respiro, qué alivio y gozo es salir del laberinto de la teología romana y andar en la clara luz de la Biblia. Cristo no ofrece indulgencia por los pecados, un perdón a plazos. Él declara en Juan 5:24, “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. ¡Y esto, sin purgatorio ni indulgencias! Así es la gracia de Dios no adulterada por el paganismo católico romano, y aunque el lector se sienta ofendido, es hora de dejar de pensar como un niño, de dejarse engañar por tradiciones tontas y que son abominaciones y afrentas a Dios y al evangelio del Señor Jesucristo. Es hora de arrepentirse de las indulgencias. Es hora de leer y creer la Palabra de Dios, tal cual, sin añadir la palabra “y”, sin adulterar la Biblia. Pues Pedro mismo, el supuesto primer papa, dijo: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 P. 2:2). No puedo mejorar este consejo. Invito a cada lector a aceptarlo como si viniera de la boca de Dios, porque así es.

Carlos Tomás Knott

1. J. H. Ignaz von Dollinger, The Pope and the Council (“El Papa y el Concilio”), Londres, 1869, págs. 186-187.
2. Earke E, Cairnes, Christianity Through the Centuries: A History of the Christian Church (“El Cristianismo a través de los Siglos: Una Historia de la Iglesia Cristiana”), Zondervan Publishing House, 1981, pág. 282.
3. Dave Hunt, Una Mujer Cabalga La Bestia, Bend, Oregon, The Berean Call, 1997, págs. 499-501.